Igual que
apurar el chupito, que esperar la tormenta o que aguantar el sueño. Tranquila.
Sabiendo que lo que viene es negativo, pero con ganas. Con ganas de que duela.
Igual que
recordar los trenes que se han ido, que intentar descifrar las vías por si volviesen a pasar. Sin miedo, siendo
consciente de que no va a ser peor de lo que fue. Intentando manipular la nostalgia para que
deje de ser equitativa en su composición: puñaladas y adrenalina caduca.
Manipularla para que sólo quede la segunda.
Igual que
abrir cicatrices, que añadir alcohol. Confesándome que no está bien, que sólo
los idiotas van por ahí con el corazón
expuesto, sólo los idiotas. Incluso cuando la exposición tiene un aforo
limitadísimo y un derecho de admisión más subjetivo y estricto que las leyes
que te impones después de que te arranquen el alma.
Tus leyes.
Las mismas que rompes porque eres idiota,
con tu exposición y esas mierdas que no interesan a nadie.
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