Cuando te presentan a alguien y después de decir “encantado”
no recuerdas ni su nombre. El “¿cómo te llamabas?” si ves que realmente la cara
que analizabas tiene algo interesante detrás de los ojos; y, en cambio, el “bueno,
hasta luego”, si ese cerebro deja mucho que desear.
Ver que estas situaciones se hacen rutina es como: Dios, qué
solos estamos en el puto mundo; es como: qué hago hablando si tengo delante a
alguien a quien que se la suda lo que digo y que está deseando que me calle
para contarme lo que le salga del capullo o coño y así quedarse a gusto consigo
mismo de una forma inexplicable, porque al fin y al cabo lo único que tenemos
en común es que estamos en un mismo sitio en el mismo instante. Claro, te
empiezas a sentir absurdo, y piensas que qué poca gente con la que conectas y que no sabes qué haces pensando en todo lo que he escrito desde aquí hacia atrás si realmente lo que quieres es ser alguien; y sí, quién no quiere ser alguien. Ahora, que eres alguien, eres esa persona sin cara y sin nombre en la vida de otro que algún día dijo "encantado" y "hasta luego".
Es entonces cuando os echo de menos porque hace demasiado
tiempo que os dije “encantada”, que no olvido vuestros
nombres y que cuando os digo “hasta luego” es con ganas de volver a veros.
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